Nota: Este texto nació por Lucas, Flo y Alma, mis peluditos. Quien ha encontrado familia en un animalito conoce un amor que no se agota: se siente y se abraza con el alma.
Algunos tienen cuatro patas; otros respiran distinto: vuelan, nadan o se esconden tras un caparazón. Al final, la especie no importa. Se vuelven familia.
Comienzan a aparecer en las fotos, en las cuentas del mes y en los planes de viaje. Se vuelven la mejor compañía cuando faltan ganas, y aunque no hablen: les contamos todo… y lo saben todo.
Son equilibrio. Se sientan a nuestro lado para cuidarnos de manera silenciosa. En los días malos son inteligencia emocional, una mirada, una caricia y el “aquí estoy” sin palabras. Sin explicaciones leen el clima de nuestro corazón y eso calma.
Otros vienen llenos de carácter, adorablemente difíciles, que te obligan a amarlos por completo, con paciencia y humor. Con esa intensidad que no se negocia, pero se hereda aunque no haya sangre.
Por último, están los que llegaron con miedo al mundo, porque alguien decidió abandonarlos. Y aunque tienen el corazón roto, cuando son rescatados, ellos te recuerdan que las heridas no se borran pero sanan. Que volver a empezar es también una forma de valentía…
Con el tiempo empiezas a notarlo: la casa se llena de risa, de juego y de vida.
Y ahí, mirándolos, te haces la pregunta que lo cambia todo:
¿Quién salvó a quién?
Familia también son los que te encuentran, te convierten en parte de su manada y te acompañan a vivir. Sus ojos, su respiración, sus latidos son una forma distinta de amar.
Una que, todas las noches al acostarte: son tu última mirada, son tu refugio, son tu hogar.

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