Lo pensé muchas veces.
Te veía cruzando la calle,
con el verano limeño de cómplice...
hasta que un día pasó.
Nuestros relojes por fin se pusieron de acuerdo;
y la casualidad,
ella hizo su parte.
Fue un
encuentro cruel y generoso:
sin prometer nada,
sin dejar que el momento se pierda.
Al mirarte, la ciudad se quedó en silencio
y las voces de mi cabeza discutieron,
buscando las palabras exactas
que habíamos guardado para ese instante.
intenté cuidarte otra vez:
con una palabra limpia,
un deseo bueno,
una ocurrencia tierna que ya no exige nada.
Y a todo eso sonreíste sin temor.
Como si por un momento
la vida nos devolviera la complicidad.

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