Lo pensé muchas veces.
Te veía cruzando la calle,
con el verano limeño de cómplice...
hasta que un día pasó.
Nuestros relojes por fin se pusieron de acuerdo;
y la casualidad,
ella hizo su parte.
Todo lo que había imaginado se quedó corto.
Porque no fue solo una escena: fue mi corazón reconociéndote.
Esa noche volvió a mí un deseo:
saber si estabas bien,
querer abrazarte.
La urgencia de quien todavía quiere,
aunque ya no tenga derecho.
Fue un
encuentro cruel y generoso:
sin prometer nada,
sin dejar que el momento se pierda.
Al mirarte, la ciudad se quedó en silencio
y las voces de mi cabeza discutieron,
buscando las palabras exactas
que habíamos guardado para ese instante.
Y ahí, parados,
intenté cuidarte otra vez:
con una palabra limpia,
un deseo bueno,
una ocurrencia tierna que ya no exige nada.
Y a todo eso sonreíste sin temor.
Como si por un momento
la vida nos devolviera la complicidad.
Después vino lo más fuerte:
tu presencia se convirtió en ausencia inmediata,
dejando el recuerdo de un hogar que ya no existe,
pero que todavía me persigue.
A veces no sé si soy el narrador o el fantasma
de una historia que me tiene atrapado en un lugar sin tiempo,
mirando versiones de nosotros donde somos felices:
apoyándonos, cuidándonos, creciendo…
viviendo esa vida
que en esta no.