Nota: Quien ha encontrado familia en un animalito conoce un amor que se abraza con el alma. Y ahí, en lo más íntimo, están mis peluditos. Mi lugar favorito.
Repetiría esta vida un millón de veces más,
porque ellos, mi azul,
me hicieron el hombre más completamente roto y feliz del mundo.
Dicen que hay amores que te salvan y te reconstruyen.
Llegan como regalos, para acomodarnos un poquito el mundo, para ayudarnos a sostener lo que pesa.
Algunos tienen cuatro patas; otros respiran distinto: vuelan, nadan o se esconden tras un caparazón. La especie no importa.
Se vuelven familia, comienzan a aparecer en las fotos, en las cuentas del mes y en los planes de viaje. Son la mejor compañía cuando faltan ganas, y aunque no hablen: les contamos todo… y lo saben todo.
Son equilibrio.
Se sientan a nuestro lado para cuidarnos de manera silenciosa. En los días malos son inteligencia emocional, una mirada, una caricia y el “aquí estoy” sin palabras. Sin explicaciones leen el clima de nuestro corazón y eso calma.
Otros vienen llenos de carácter, adorables y difíciles, que te obligan a amarlos por con paciencia y humor. Con una intensidad que no se negocia, pero se hereda aunque no haya sangre.
Por último, están los que llegaron con miedo al mundo, porque alguien decidió abandonarlos. Y aunque tienen el corazón roto, cuando son rescatados, ellos te recuerdan que las heridas no se borran pero sanan. Que volver a empezar es también una forma de valentía…
Con el tiempo empiezas a notarlo: la casa se llena de risas, de juego y de vida.
Y ahí, mirándolos, te haces la pregunta que lo cambia todo:
¿Quién salvó a quién?
Familia también son los que te encuentran, te convierten en parte de su manada y te acompañan a vivir. Sus ojos, su respiración, sus latidos son una forma distinta de amar.
Una que, todas las noches al acostarte: son tu última mirada, son tu refugio, son tu hogar.