15 ene 2026

La manada

Nota: Este texto nació por Lucas, Flo y Alma, mis peluditos. Quien ha encontrado familia en un animalito conoce un amor que no se agota: se siente y se abraza con el alma.





Dicen que hay amores que te salvan y te reconstruyen. Llegan como regalos, para acomodarnos un poquito el mundo, para ayudarnos a sostener lo que pesa.

Algunos tienen cuatro patas; otros respiran distinto: vuelan, nadan o se esconden tras un caparazón. Al final, la especie no importa. Se vuelven familia.

Comienzan a aparecer en las fotos, en las cuentas del mes y en los planes de viaje. Se vuelven la mejor compañía cuando faltan ganas, y aunque no hablen: les contamos todo… y lo saben todo.

Son equilibrio. Se sientan a nuestro lado para cuidarnos de manera silenciosa. En los días malos son inteligencia emocional, una mirada, una caricia y el “aquí estoy” sin palabras. Sin explicaciones leen el clima de nuestro corazón y eso calma.

Otros vienen llenos de carácter, adorablemente difíciles, que te obligan a amarlos por completo, con paciencia y humor. Con esa intensidad que no se negocia, pero se hereda aunque no haya sangre.

Por último, están los que llegaron con miedo al mundo, porque alguien decidió abandonarlos. Y aunque tienen el corazón roto, cuando son rescatados, ellos te recuerdan que las heridas no se borran pero sanan. Que volver a empezar es también una forma de valentía…

Con el tiempo empiezas a notarlo: la casa se llena de risas, de juego y de vida.
Y ahí, mirándolos, te haces la pregunta que lo cambia todo:

¿Quién salvó a quién?

Familia también son los que te encuentran, te convierten en parte de su manada y te acompañan a vivir. Sus ojos, su respiración, sus latidos son una forma distinta de amar.

Una que, todas las noches al acostarte: son tu última mirada, son tu refugio, son tu hogar.

8 ene 2026

El espacio que inventé

 



Lo pensé muchas veces.
Te veía cruzando la calle,
con el verano limeño de cómplice,
nuestros relojes por fin se pusieron de acuerdo;
y la casualidad,
ella hizo su parte.


Todo lo que había imaginado se quedó corto.
Porque no fue solo una escena: fue mi corazón reconociéndote.

Esa noche volvió a mí un deseo:
saber si estabas bien,
querer abrazarte.
La urgencia de quien todavía quiere,
aunque ya no tenga derecho.

Fue un encuentro cruel y generoso:
sin prometer nada,
sin dejar que el momento se pierda.
Al mirarte, la ciudad se quedó en silencio
y las voces de mi cabeza discutieron,
buscando las palabras exactas,
esas que habíamos guardado para ese instante.


Y ahí, parados, intenté cuidarte con lo único que puedo:
una palabra limpia,
un deseo bueno,
una ocurrencia tierna que ya no exige nada.
Y a todo eso sonreíste sin temor.
Como si por un momento
la vida otra vez nos devolviera la complicidad.

Después vino lo más fuerte:
tu presencia se convirtió en ausencia inmediata,
dejando el recuerdo de un hogar que ya no existe,
pero que todavía me persigue.

A veces no sé si soy el narrador o el fantasma 
de una historia que me tiene atrapado en un lugar sin tiempo,
mirando versiones de nosotros donde somos felices:
apoyándonos, cuidándonos, creciendo…
viviendo esa vida 
que en esta no.

1 ene 2026

Un vacio bonito

 


No me pasa mucho, pero me pasó contigo.
Desde que te vi a la salida de ese concierto cargo con una sensación rara,
y vuelvo a la misma escena a revisar
 si nuestro encuentro era el prólogo de una historia que inventé
o realmente una casualidad;
si fue un saludo o una despedida,
si para ti también fue algo más…
 
Porque hay personas que no se cruzan: se encuentran.
Y esa noche al mirarte,
 reconocí algo en tu forma de estar.
 Llevabas puesta una alegría melancólica,
no de tristeza, sino de quien ríe bajito,
con la mirada en otra parte,
como si habitaras dos espacios a la vez:
estabas en el ruido,
pero también en el silencio de otro lugar.
No estabas huyendo, lo sé,
estabas en otra forma de libertad.

Hay encuentros que no se improvisan.
Se esperan.
Se sienten.
Y cuando aparecen te dejan eso:
el eco de un amor que podría ser.
 

Debo decirte que esto que me pasa contigo 
lo escribí antes de conocerte,
como hago con todo lo que me importa.

 

Ahora eres para mí:
una ausencia con nombre,
una presencia que no está,
un recuerdo que no duele,
un vacío bonito…

 

Qué raro:
sentir que algo existe
aunque aún no haya pasado.
Si estás leyendo esto
y sientes que es para ti,
quizás, solo quizás,
 lo sea.

16 dic 2025

A la distancia



Hay días en los que tu recuerdo vuelve.
No con dolor.
Solo despierta algo, como si el tiempo se hubiera detenido sobre una idea o una conversación, una que me invita a caminar por capítulos que ya no sé si son verdad, pero que todavía son contigo.

Te pienso con cuidado, 
de madrugada, 
en ese silencio.
Solo me acompaña la nostalgia y la comprensión que gané con el tiempo, 
esa que en su momento me faltó.

En esas noches no escribo para recuperarte,
ni para que regreses,
Te escribo como quien guarda una carta en un baúl,
por si un día —uno de esos en los que el destino se pone juguetón—
decide ponerla frente a ti.

Si ese día llega,
quiero que sepas algo simple,
cuando pienso en ti,
todavía me nace algo bueno:
un instinto que cuida,
una fuerza que protege,
algo que recuerda sin romperse.

Y si ese día no llega,
igual está bien.

Porque escribirte es mi manera de cuidarte
sin interrumpir tu camino,
y de honrar lo que fuimos
sin intentar volver.

A la distancia,
con la calma que antes no tenía
y el cariño que nunca se fue.
Quiero que sepas que hay una parte de mí que te recuerda.
Ahora ocupas un lugar en mis paranoias,
un lugar al que siempre vuelvo con la misma idea:
.





11 oct 2025

Habitando el silencio


He aprendido a vivir habitando el silencio:

en el abrazo de recuerdos y emociones,
la ausencia en ese espacio no asusta, no pesa.
Me acompaña y es cómplice de mis nostálgicas manías.

 

Es un refugio donde todo lo vivido resuena:
frases incompletas, suspiros lentos,
ideas que no llegan desde un tiempo concreto,
sino desde ese rincón en mí que
tercamente se resiste a olvidar.


En ese espacio asoma también la soledad,

la cual habito con amor y no como castigo.

 

En un mundo que corre,

esta es mi forma de ser libre,

de cuidar mi sensibilidad frente a la indiferencia y a los golpes que la vida trae.


Me gusta esta paz que no depende de nada,
este amor que no pide permiso para entrar,
esta intensidad profunda que no busca poseer, sino conectar.


He aprendido a vivir habitando el silencio,

en el encuentro de un recuerdo, una persona y un adiós,

en la forma de volver en el tiempo

sin soltar el presente.


Sí, esta vida es mía.
La quiero así y me gusta.



20 abr 2025

Cuando escribo

Escribo porque así respiro el mundo.
Porque veo la vida como un continuo relato,
donde todos se convierten en personajes que,
en el fondo, me tienen siempre atrapado componiendo.
 
Escribo para recordar lo que no necesito olvidar.
Es mi máquina del tiempo para volver a lugares y abrazar personas.
Es mi forma de amar sin invadir, de habitar el silencio y saber escucharlo.

Todo es inspiración:
la música que escucho en la calle,
el atardecer que siempre me conmueve,
la risa de dos personas caminando y la historia que me invento 
para entender por qué son tan felices.
 
Escribo en el recuerdo, en la espera,
cuando algo se rompe y no sé cómo seguir.
Cuando imagino que ese amor nunca se fue…
y tal vez ni siquiera ha llegado.
 
Porque tengo una conexión con lo que pasa desapercibido,
con los detalles que otros no ven u olvidan,
pero que a mí me llaman y me hablan bajito.
 
Ese soy yo:
El que ve la vida como un relato y a quienes me rodean como personas que brillan.
El que no escribe para ser eterno, sino para recordar que esta vivo.
Hoy todos esos capitulos de nostalgia y amor expresan mi mundo.
ese que no quiero, con los años, tener que decir:
¡Se me fue!




17 abr 2025

Mi promesa eterna



Recuerdo la primera vez que la vi.
Su existencia me atrapó.
Mi corazón creía conocerla de otra vida,
esa sensación de reencuentro inevitable,
una cita repetida que nunca se olvida.

Juntos compartimos un amor adolescente.
Sincero, curioso, de esos que se viven con ilusión y sin apuro,
descubriendo que, en cada conversación, nuestras ideas y sueños eran la mejor forma de abrazarnos.

Y así nos acompañamos a crecer.
Ella fue la primera que me vio sin máscaras,
la que abrazó como suyos mis temores y entendió mis silencios.
Verla sonreír me hacía invencible,
y eso no era casualidad,
porque con ella entendí
que lo más importante
no era que se quedara conmigo,
sino que estuviera bien,
aunque fuera lejos.

Y cuando el final de nuestra historia llegó —o al menos eso creía—,
yo me hice un juramento:
nunca dejar de amarla.

Porque el tiempo y la vida alejaron nuestros caminos,
pero la complicidad siguió intacta.
Y cada cierto tiempo, algo nos volvía a juntar.
Y ahí estábamos otra vez, compartiéndolo todo,
incluso lo que no entendíamos.

Así nos hemos acompañado en muchas versiones de nosotros mismos,
y en todas nos seguimos reconociendo.
Y aunque no fue el final que imaginé, fue mejor.
Porque hoy ya no necesito que esté cerca para sentirla.
Y su felicidad —aunque a veces no me incluya—
también es la mía.

Hoy, aunque no coincidamos tan seguido,
ella sabe cómo estoy.
Y yo también la siento.
Porque hay personas que se hablan incluso en el silencio.

Este amor no terminó.
Solo se transformó.
Y nos va a acompañar toda la vida.
Porque la promesa ya no está atada a estar juntos.
Ahora se sostiene en sonreírnos a la distancia,
como lo venimos haciendo en esta y en todas las realidades donde existimos.

Porque ella,
mi princesa, mi amiga,
mi parte favorita del pasado,
es también mi ternura en el presente.
Y siempre, siempre,
vas a ser mi promesa eterna.


Epílogo

El mundo está acostumbrado a los finales tristes,
a las despedidas definitivas,
a olvidar para seguir.
Para muchos, recordar así un amor del pasado es doloroso.
Pero no escribí esto para quedarme atrás,
lo hice para guardar el recuerdo que sumó una parte en mí.

No todo amor debe terminar en ruptura.
Algunos solo cambian de forma.
Y eso… también es una forma de amar.

12 abr 2025

La otra despedida


No te fuiste solo tú,
También se fueron ellos.

Esa familia que me abrazó sin explicaciones,
que me cobijó en el momento más difícil,
cuando la vida me enseñó lo que es la pérdida
y el silencio que dejó esa ausencia aún me costaba.

 Extraño sus formas de ser hogar hasta en lo más simple.
Disfrazando el amor en comidas, risas y charlas.
Esas reuniones donde la casa olía permanentemente a cariño.
Esa rutina que sin saberlo me salvaba. 

Porque hay amores que no se explican:
se cocinan lentamente.
Huelen a guiso y se sirven calientes en un plato.
Están en esa sobremesa que se alarga sin apuro.
Y aunque uno ya no esté ahí,
ese calorcito todavía me acompaña. 

Y sí, yo también tenía una familia.
Pero la mía estaba rota, como yo,
como mi forma de amar.
Aun así, ellos me enseñaron
que el amor también es rutina:
se sostiene en lo simple, en lo cotidiano,
cargando lo que pesa, aunque nadie lo vea. 

Hoy, los recuerdos vienen a mí como fotos viejas,
esas que uno guarda sin intención
y te sacan una sonrisa.
Son imágenes que me piden no ser olvidadas.
Porque lo vivido ahí aún me sostiene.
Esa casa era mi lugar feliz.
Y ellos, los míos. 

Y aunque el tiempo haya pasado,
al cerrar los ojos todavía puedo verlos,
y es que una parte de mi se quedó habitando con ellos,
para escucharlos un ratito
aunque no lo sepan,
para verlos sonreír
aunque sea un instante. 

A veces me pregunto si ellos también me extrañan.
O si saben que yo, en silencio,
los sigo queriendo.
Como se quiere a las personas
 que alguna vez te hicieron sentir a salvo.



10 abr 2025

Nosotros... aunque ya no


No hablamos. Pero cada cierto tiempo, te escribo algo invisible.
Un pensamiento. Un saludo mental.
Una oración bajita cuando siento que algo no anda bien contigo.
Y no, no quiero volver.
Pero tampoco me puedo ir del todo.

Hay días en los que me siento completo.
Y de pronto, apareces en un recuerdo, una canción,
una tontería que solo tú entenderías.
Y me río. Y te veo sonriendo en el cuarto.
Y me dueles. 
Todo al mismo tiempo.

No podemos ser amigos.
Y tal vez no hace falta.
Porque hay vínculos que no necesitan nombre,
solo un rincón suave en el corazón donde reposar.

Y a veces te sueño.
Nos encontramos sin peso, sin distancia.
Nos contamos cómo va todo,
nos decimos lo que en la vida real ya no sabemos decir.
Y esta vez no duele.
Porque en los sueños no hay culpa.
Y aunque al despertar la habitación siga vacía,
me queda el recuerdo,
de que, por un momento, estuvimos bien.

No espero nada.
Y sé que tú tampoco.
Lo nuestro no necesita volver para existir.
Porque sigues aquí,
en ese pequeño de cuatro patitas
que me sigue a todos lados;
el personaje más bonito de nuestra historia:
Lucas.

A veces pienso que ni tú sabes cuánto te quise.
Pero si en algún rincón del universo habita Dios,
Él sabe que te amé.
Con torpeza. Con miedo.
Con todo lo que tenía.
Y eso, nadie me lo quita.

Nosotros… aunque ya no.



8 abr 2025

Amores imposibles


Me gustan los amores imposibles,
porque cuando son posibles… ya no son amor.
Amo desde el minuto uno.
Desde esa primera mirada que no promete nada,
pero lo dice todo.

Me enamoro de un gesto, de una voz que no se ofrece,
de una risa que no me pertenece.
De lo que no toco y no alcanzo.
De lo que no sé si volveré a ver.

Y es que el amor, al no tener espacio no sabe quedarse.
Es más poesía que costumbre.
Es más incendio que hoguera.

Porque cuando el amor se vuelve cotidiano,
también se vuelve frágil.
Y yo no quiero amores frágiles,
quiero amores eternos, aunque no duren.
Que me consuman, aunque no se queden.

Quizás mis historias no tienen finales felices,
pero tienen inicios inolvidables.
Yo no amo para tener, amo para arder.

Y quizás por eso,
mis amores más reales,
nunca llegaron a ser.